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Baby y el gato

Los mediodías en los pueblos son como una hoja cayendo en cámara lenta. Cierran los locales, los chicos vuelven de la escuela arrastrando los pies y pateando piedras. Los grandes se suben al auto o a la bici con ojos de siesta. La sala velatoria era amplia, de azulejos beige y techos altos. Entraba una luz naranja que cubría todo. Las barandas blancas me hacían acordar a un hospital, pero las pocas plantas y el naranja y un gato me mostraban otra cosa. Antes de entrar a uno de los cuartos, un gato blanco daba vueltas caminando rápido, como siguiendo un mapa que quería cubrir todos los puntos del espacio. Llenaba los pasillos y se metió con nosotros al cuarto donde estábamos a punto de despedir a mi abuela. La imagen me conmovió porque ella tuvo  un amor rotundo y constante por los gatos. Desde que la recuerdo, había uno o más gatas en su casa, rodeada de plantas de hojas inmensas y de un árbol de mango que tenía el tronco recubierto de un musgo verde, como una esponja...

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