Baby y el gato
Los mediodías en los pueblos son como una hoja cayendo en cámara lenta. Cierran los locales, los chicos vuelven de la escuela arrastrando los pies y pateando piedras. Los grandes se suben al auto o a la bici con ojos de siesta.
La sala velatoria era amplia, de azulejos beige y techos altos. Entraba una luz naranja que cubría todo. Las barandas blancas me hacían acordar a un hospital, pero las pocas plantas y el naranja y un gato me mostraban otra cosa. Antes de entrar a uno de los cuartos, un gato blanco daba vueltas caminando rápido, como siguiendo un mapa que quería cubrir todos los puntos del espacio. Llenaba los pasillos y se metió con nosotros al cuarto donde estábamos a punto de despedir a mi abuela.
La imagen me conmovió porque ella tuvo un amor rotundo y constante por los gatos. Desde que la recuerdo, había uno o más gatas en su casa, rodeada de plantas de hojas inmensas y de un árbol de mango que tenía el tronco recubierto de un musgo verde, como una esponja húmeda. Una palmera dejaba caer coquitos, un fruto muy duro por fuera y fibroso por dentro. Con un sabor dulce casi empalagoso, como la siesta de Misiones. Tuvo varias generaciones de michinas, no les ponía nombre, a todas las llamaba así, michinas. Lo que más me gustaba era escuchar la voz que usaba para hablarles, aguda y tierna, con una sonrisa muy arrugada. Esa manera de hablarles que nunca habia usado conmigo.
Hasta en sus últimos días, cuando su cuerpl se había achicado y sus ojos casi no se abrían, yo le agarraba la mano y le susurraba cosas y ella, con lo que le quedaba de fuerza, me la sacaba y gruñía algo. Al principio me chocó, pero después me dije que así era ella, siempre había sido así, de una transparencia selectiva y galopante. No dudo que me quería. Lo hacía a su forma, con sus límites, con un velo de exigencia.
Un verano, me contó en una casa que alquilamos en Mar del Plata sobre la época mas oscura de su vida. Así sin preámbulos, durante un desayuno. Me habló de todos los años en que estuvo deprimida por la muerte de su marido y de su hijo. Una vez me dijeron que la depresión es como un alzheimer, es perder la memoria. Y no la memoria de los hechos pasados, una más profunda, la que te recuerda de dónde venís, quién sos, quién observa atrás de todas las experiencias. Me contó que no podía sacar el auto del garage para salir a comprar. Había elegido el departamento desde el que iba a tirarse y terminar el juego. Y ahí se dio cuenta de que tenía que tomar una decisión, me dijo "tenía que elegir entre vivir o morir y elegí la vida". En esa charla, a mis 23 años, comprendí que yo no la conocía hasta ese momento y que los reclamos internos de que no era una abuela cariñosa no tenían nada que ver conmigo. Eligió la vida y hacía sopas de letras para cuidar su memoria. Cocinaba con dedicación, siempre sopa de entrada, plato, postre: compota, isla flotante, budín de pan con pasas. Practicaba tai chi y hacía jardinería. Se arreglaba durante horas antes de salir al pueblo o para ir a Misa. Se reía contándonos sobre sus pretendientes que, enamorados, le dejaban mensajes en la radio o le llevaban flores. Tomaba mate dulce con una bandeja acostada en la cama. Más tarde me enteré que en sus años de maestra llevaba a desayunar a su casa a los niños que la estaban pasando mal. Posaba para las fotos con espíritu leonino y anteojos rayban. Tenía infinitas revistas y escuchaba a Calamaro para estar 'actualizada'. Viajaba periódicamente a Buenos Aires y en el once ya tenía los lugares preferidos donde comprar trajecitos. Vivía.
El gato blanco se quedó un rato y se fue, con su estilo de enviado, de guardián de película de Miyazaki y la despedida fue así, cálida, como tierra colorada.
La sala velatoria era amplia, de azulejos beige y techos altos. Entraba una luz naranja que cubría todo. Las barandas blancas me hacían acordar a un hospital, pero las pocas plantas y el naranja y un gato me mostraban otra cosa. Antes de entrar a uno de los cuartos, un gato blanco daba vueltas caminando rápido, como siguiendo un mapa que quería cubrir todos los puntos del espacio. Llenaba los pasillos y se metió con nosotros al cuarto donde estábamos a punto de despedir a mi abuela.
La imagen me conmovió porque ella tuvo un amor rotundo y constante por los gatos. Desde que la recuerdo, había uno o más gatas en su casa, rodeada de plantas de hojas inmensas y de un árbol de mango que tenía el tronco recubierto de un musgo verde, como una esponja húmeda. Una palmera dejaba caer coquitos, un fruto muy duro por fuera y fibroso por dentro. Con un sabor dulce casi empalagoso, como la siesta de Misiones. Tuvo varias generaciones de michinas, no les ponía nombre, a todas las llamaba así, michinas. Lo que más me gustaba era escuchar la voz que usaba para hablarles, aguda y tierna, con una sonrisa muy arrugada. Esa manera de hablarles que nunca habia usado conmigo.
Hasta en sus últimos días, cuando su cuerpl se había achicado y sus ojos casi no se abrían, yo le agarraba la mano y le susurraba cosas y ella, con lo que le quedaba de fuerza, me la sacaba y gruñía algo. Al principio me chocó, pero después me dije que así era ella, siempre había sido así, de una transparencia selectiva y galopante. No dudo que me quería. Lo hacía a su forma, con sus límites, con un velo de exigencia.
Un verano, me contó en una casa que alquilamos en Mar del Plata sobre la época mas oscura de su vida. Así sin preámbulos, durante un desayuno. Me habló de todos los años en que estuvo deprimida por la muerte de su marido y de su hijo. Una vez me dijeron que la depresión es como un alzheimer, es perder la memoria. Y no la memoria de los hechos pasados, una más profunda, la que te recuerda de dónde venís, quién sos, quién observa atrás de todas las experiencias. Me contó que no podía sacar el auto del garage para salir a comprar. Había elegido el departamento desde el que iba a tirarse y terminar el juego. Y ahí se dio cuenta de que tenía que tomar una decisión, me dijo "tenía que elegir entre vivir o morir y elegí la vida". En esa charla, a mis 23 años, comprendí que yo no la conocía hasta ese momento y que los reclamos internos de que no era una abuela cariñosa no tenían nada que ver conmigo. Eligió la vida y hacía sopas de letras para cuidar su memoria. Cocinaba con dedicación, siempre sopa de entrada, plato, postre: compota, isla flotante, budín de pan con pasas. Practicaba tai chi y hacía jardinería. Se arreglaba durante horas antes de salir al pueblo o para ir a Misa. Se reía contándonos sobre sus pretendientes que, enamorados, le dejaban mensajes en la radio o le llevaban flores. Tomaba mate dulce con una bandeja acostada en la cama. Más tarde me enteré que en sus años de maestra llevaba a desayunar a su casa a los niños que la estaban pasando mal. Posaba para las fotos con espíritu leonino y anteojos rayban. Tenía infinitas revistas y escuchaba a Calamaro para estar 'actualizada'. Viajaba periódicamente a Buenos Aires y en el once ya tenía los lugares preferidos donde comprar trajecitos. Vivía.
El gato blanco se quedó un rato y se fue, con su estilo de enviado, de guardián de película de Miyazaki y la despedida fue así, cálida, como tierra colorada.

Comentarios
Publicar un comentario